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Ángeles

En el Cielo se desesperan viéndola marchar. Qué, se preguntan en la corte celestial, con dolor y con vergüenza, cuando la ven caminar en dirección opuesta por el paseo de los Nacidos. Qué demencia le ha cubierto la luz de su piel de lodo y cenizas de carbón, qué locura le ha vendado sus ojos con jirones de su ropa, qué enfermedad le ha oscurecido su cabello marfil en canas grises como nubes de tormenta, qué delirio ha fabricado para ella ese armazón de hierro fundido que lleva sobre los hombros, sobre el pecho, sobre la espalda, y lo ha disfrazado con plumas negras de cuervos vivos. Todos sepultarán en su corazón a la traidora antes de que cruce la puerta, y ninguno hablará de ella nunca más.

Ella no duda, no llora, no vuelve la vista atrás. Ha crecido con las aves del Cielo creyendo que eran cisnes, mas la moral que pregonan apenas es digna de buitres.

No hay piedras, pues no hay inocentes libres de pecado allí para arrojarlas.

La marca de la Luna Negra

'La noticia del hallazgo de la prostituta muerta en el bosque se extendió por el pueblo como fuego que prende el pasto. A nadie hubiese importado la muerte de una mujer de su condición si los hombres que la descubrieron no hubiesen encontrado en su pecho la marca de la Luna Negra. La marca de la Bruja. Aunque en el pueblo nadie reconocía haber tenido trato alguno con la vieja del bosque, misteriosamente todos conocían su sello.

Las conjuraciones se sucedieron durante semanas. ‘La Bruja la mató.’ ‘No, la Bruja la envenenó, la hizo bailar desnuda con Satán y después la mató.’ ‘Imposible, la Bruja se reencarnó en la muchacha para robarle la juventud que necesita para vivir eternamente y después abandonó su cuerpo sin vida en el bosque.’

Los más realistas, que conocieron la desgraciada vida de la muchacha, se preguntaron si tal vez habría quedado encinta y al tratar de rechazar el regalo del Señor acudiendo a las malas artes de una curandera de poca monta, habría perdido la vida en el intento, como una especie de respuesta divina.

Solo algunas de ellas, que de día escuchaban las grotescas y crueles historias con gestos de aprobación ante los vecinos, rezaban de noche por la mujer, y tal vez, por el bebé que pudo llevar en su vientre, con el dolor de sentir que aquella mujer no era tan distinta a todas las demás, con la angustia con la que una fiel renuncia a su fe durante un instante para agradecer el descanso que la vieja le concedió a una pobre madre atormentada antes de morir.

Y otras, muy pocas, las que nunca aceptaron el infierno al que, como aquella infeliz, muchas mujeres habían sido condenadas, maldecían a los carroñeros del pueblo por alimentar la conjura contra cualquiera de ellas que mostrara un atisbo de rebeldía, y se sorprendían a sí mismas perdiendo la vista en el camino que llevaba al bosque, preguntándose si tan alto era el precio que le habían asignado a la libertad.'