...

...

La Era de la Tempestad

I amar prestar aen
El mundo ha cambiado
Han mathon ne nen
Lo siento en el agua
Han mathon ne chae
Lo siento en la tierra
A han noston ned ´wilith
Lo huelo en el aire”

Se oyen los rugidos. Se avecina la era del poder incuestionable, de la lealtad inquebrantable, de la ciega rendición de honor a deidades a sí mismas proclamadas. La cadencia de las dinastías de amos próvidos que desempolvan las cadenas. Se acaban las enseñanzas con mentiras y comienzan las doctrinas a latigazos. Se resucitan las soberbias putrefactas que imponen el terror para acometer su voluntad. Se condenan los destinos de los pueblos al hambre, a la enfermedad y al miedo. Se tambalean los tronos de los hijos del Sol, y han desatado un ejército de leones. Las bestias nos recuerdan que nuestra única identidad es la del esclavo.

¿Quién osa arrebatar la libertad innata a las raíces del Imperio? ¿Quién vendó los ojos a Justicia y la encarceló en los Cielos para alejarla de los llantos?

Los Dioses no nos ven y no nos oyen; creen que pueden fingir que nos han olvidado. Y yo os digo: les obligaremos a mirar. 

Sin leche para los cachorros, las lobas aúllan más fuerte, y las hordas de cuervos ocultan el Sol al volar. Que cuando el hambre no abandona, la piedad no es ley. Las lágrimas de la Luna son los regueros de sangre de sus hijos. Quien vive en las cloacas no teme al infierno. Resistid, nuestros tambores harán temblar los Cielos. Ni cadenas, ni migajas, el honor no lo sostiene un escudo, la obediencia no es lealtad, la dignidad no es el precio de la libertad. Invocamos a los pueblos golpeados que no toleran el yugo. 

Dicen que nada los detiene, mas aquí todas las manadas esperan a que lleguen: tenemos cavada hasta la última de sus tumbas. 

Las lenguas de los hombres inventaron a las Brujas

Fueron los hombres quienes dieron nombre a las Brujas. Las lenguas marchitas de infelices e inferiores, que conocieron por casualidad y azar a mujeres que no vivían esclavizadas por maridos, por padres, por amos o por obispos, mujeres que vivían de la Tierra, de la Lluvia, de la Luna, y que desnudaban sus cuerpos por placer y no por deber.

Mujeres que solas, sobrevivían, que sin hombres, sonreían y que sin descendencia, formaban manadas. Que caminaban sin miedo y sin pudor, y que se protegían con las artes que hicieran falta. Y que cierto es eso de que el hombre tiene miedo de la mujer sin miedo.

Aquellos hombres que hablaban de las brujas, eran los que, después de inventar relatos de terror, fingían reírse y jactarse cuando hacían alusión al uso que le daban a la escoba para “volar”. Pero no se reían. Mientras ellos recurrían a la fuerza o al dinero tantas veces para saciar sus deseos de carne con las mujeres, algunas de ellas preferían el palo de una escoba a la verga de cualquier hombre. En el interior de todos ellos nunca sonó como un chiste. Era su mayor vergüenza. Es su mayor trauma.