'No había motivos, ni orgullos, ni razones.
Desapareció la inocencia, la verdad, la concordia, la calma, la paz interior, la locura transitoria. Y dejó de hacer lo que le tocaba, y vio pasar una vida que no reconocía. La batalla de los sinceros, y la victoria de los miedosos. Esperando las gracias de alguien que la viera llorar.
Se cerraron los ojos de la muñeca. Y cayó a la cloaca, donde solo respirar ya era un reto. Y allí entre el vinagre, la humedad fría y la sal en las pupilas, entre el mal olor y el cieno, encontró su sitio. El escondite perfecto: allí los monstruos eran sus esbirros, y la cuidaron y la acunaron y la durmieron. Dormir, hibernar, o morir, no había diferencia. No había motivos, ni orgullos, ni razones para despertar.
Pero los monstruos se aburrían. Y siempre decidieron por ella, así que cantaron furia y discordia. Ella era furia y discordia. No recordaba lo que era oír ‘gracias’. La batalla de los mentirosos, y la victoria de los culpables. Y asistió el mismo día a su funeral y a su bautizo.
Nacer nunca fue tan desesperanzador. Pues él único motivo, el único orgullo y la única razón para despertar fue que no había motivos, ni orgullos, ni razones para dormir.'
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